ANECDOTAS TAURINAS

" El semental"

 

La historia que os voy a contar me la relataron en un lugar muy entrañable, entre amigos, conocidos y amantes del mundo del toro.

Recuerdo con exactitud ese día, la hora que marcaba mi reloj, y las personas que allí nos encontrábamos. Sentados en sillas de nea y a mi derecha oía como el mayoral relataba esas palabras que unían y enlazaba la historia.
 
Sus palabras eran claras; de mirada perdida contaba como montado sobre su caballo fue a ver un semental que no se movía, permanecía quieto a la orilla de una riachuelo.
El mayoral con más personas de la finca accedió al cercado donde se encontraba el semental para ver que le sucedía. Los acompañantes que cabalgaban con el mayoral se quedaron en la entrada de la portera y desde allí miraban con detenimiento lo que sucedía.
 
A medida que avanzaban los minutos escuchaba las palabras de este mayoral contándonos este relato, mis ojos brillaban como luceros en la noche.
 
Bajó el mayoral del caballo y comenzó andar despacio hacia el semental. Sigiloso, atento a la mirada del toro y a sus movimientos. Tras unos minutos allí observando que el toro solo seguía la mirada de su cuidador y que no se movía, el mayoral más confiado se acercó a tan solos unos metros de él. Una vida juntos, una mirada desafiante. Comenzó a moverse el semental, quizás por cierta incomodidad de tener tan cercano a alguien que le molestaba y el mayoral salió de allí es un segundo, mientras sus acompañantes le gritaban desde la portera '' ¡ Corre, corre, date prisa. No mires atrás y corre todo lo que puedas''!  El mayoral asustado no perdía pie y avanzaba a toda prisa.
 
Cuando llegó hacia un lugar seguro, se detuvo y con la respiración entrecortada, miró hacia el semental y vio que el semental solo había dado unos cortos pasos y no le persiguió en ningún momento como el se pensaba.
 
Sus compañeros de la finca que esperaban en la portera le habían gastado una broma y tan solo quedó en una carrera y unas risas que quedaron en el recuerdo de todos los que estábamos allí.
 
 
 
 
 

 

 

 Poesia "La Plaza"

Terráquea y circular
espesa y densa
se eleva la plaza
sobre el espinazo
quebrado de la cordillera.

Envuelta en sábanas de luz
acoge en su seno
una multitud ansiosa
que no puede callar.

Húmeda y mineral,
labra pasiones y destinos,
se ilumina de dudas e incertidumbres.

En ella,
un hombre y un toro,
transparentes en su zureo,
se desafían y combaten,
trajinan de sol a sombra,
y se hieren, atávicos,
en rituales de infame devastación.



Poema de Antonio María Flórez

Sacado del libro Tauromaquia (pag. 104)

 

 







 

 


Poesia Campera


Sembrando de bufidos la mañana
plantándose ante el hombre que lo cita,
escarba, se desplaza y encabrita
marcando sus pitones la aduana.


Mirada muy perdida, cual Guadiana
de pronto se convierte en dinamita,
cargando todo el peso de su cuita
haciéndolo furor de raza hispana.


Buscando en el embroque con intrigas
pegarle la cornada al del caballo
y así dar por saldadas sus fatigas


Vaquero, poderío sin desmayo
desplaza, cita y busca le persige,
entrando en el cercado como un rayo.


Jesus Garrido




 

" HOMENAJE A MADROÑITO EN LAS VENTAS, por Pedro García Macías

 

Sucedió un día 7 de junio de 2003 en Madrid. Por la tarde en las Ventas lidiaba Adolfo Martín. Por la mañana después del apartado, saludamos al ganadero y tras desearle suerte le comento “Adolfo hemos traído una pancarta dedicada a “Madoñito” para sacarla luego en la plaza (debo decirles que entre los toros que se iban a lidiar había dos “Madroñitos”, uno de ellos nos había encantado desde que era utrero) a lo que Adolfo contesta con rapidez “no, no, Pedro, no hagáis eso, eso canta mucho y fíjate si pegamos un petardo”, a lo que le contesto “bueno, ganadero, no te preocupes, que no lo haremos”...después las cañitas, la comida,  y en el trayecto hacia la plaza decidimos que vamos a meter la pancarta y según vayan las cosas la sacamos o no y eso hicimos. La pancarta la introdujo Molinero. Primer toro, un “Madroñito” vuelta al ruedo, segundo, tercero y cuarto ovacionados y al arrastre del quinto toro, también ovacionado, que era precisamente nuestro “Madroñito”, no nos pudimos aguantar y sacamos la pancarta. A los que estaban alrededor les hizo mucha gracia y aplaudieron. Se nos acercó uno de los alguacilillos que nos dijo que en su larga trayectoria nunca había visto una pancarta dedicada a un TORO…el mayoral nos vio con la pancarta y se emocionó, al ganadero se lo dijimos después y le gustó…una tarde memorable que un amigo emeritense de nombre Emilio Olivas inmortalizó en un dibujo que cuelga en las paredes del salón de “Los Alijares”.




 


24 HORAS ANTES DE UNA CORRIDA...

Una corrida de toros es un proceso largo, comienza en el campo, con las claras de la mañana, acariciando ese sol rojizo a esa vaca de vientre, y dando fruto a un becerro.
La esmerada crianza y cuidada selección de ese fruto, saldrá el llamado toro de lidia.

Comienza también en la cabeza de un chiquillo, cuando pica el gusanillo de la afición y quiere ser torero, una tradición, donde el ganadero y el torero, van a conocer el resultado de tanto tiempo de trabajo, lucha y sacrificio, mostrándoselo a sí mismos y al público, a la afición. Los dos protagonistas de la fiesta, solos, cara a cara.  


Llega la hora de la corrida. En plaza, la gente se va acomodando, un griterío de voces, (agua, pipas, refrescos, almohadillas….) Los toreros llegan al patio de cuadrillas, los aficionados se arremolinan ante las puerta de la plaza. Saludos, fotos, abrazos….

Los hoteles: que decir de ellos, son los lugares que guardan los más fieles secretos del torero. Sus habitaciones, son frías y oscuras. Ahí está siempre el torero momentos antes de vestirse de luces. Solitario, pensativo, angustioso, en soledad con uno mismo. El triunfo deseado, por el que ha entregado su juventud y por el que esta dispuesto a  entregar su vida.


Las cinco de la tarde, hora puntual, bajo un sol de de justicia en el mes de Junio, una plaza llena de gente entre sol y sombra, muchas ilusiones puestas para presenciar una gran tarde, entre un toro y un torero, entre un animal y un hombre, la fuerza bruta y la razón inteligente, entre la sangre y el sentimiento puesto en la muleta de franela color grana. La expectación por conocer si habrá triunfo o fracaso, gloria o sangre, vida o muerte.


Los tendidos están repletos de gente. Gritos, voces, nerviosismo, tensión. En este día de fiesta, van a disfrutar de un espectáculo irrepetible y a la vez tan esperado. Ya no queda tiempo para pensar. La suerte está echada. "Que Dios reparta suerte".

La tensión ha comenzado unas horas antes en el hotel; en la soledad de una habitación fría y oscura. Nº 102, para ser exactos. El ambiente, la soledad, las angustias de lo que sucederá unas horas después.

"Están puesto en balanza dos corazones a un tiempo"; uno pidiendo éxito y reconocimiento, otro pidiendo perdón ante la osadía de entregar la vida por un sentimiento, por una pasión.

Ahora el miedo es libre.

Sobre el toreo se ha dicho de todo. Torear, es calmar las ansias que uno lleva dentro, echar el alma por la boca; escuchar los sentimiento más íntimos y profundos, quieto, en soledad, ante el toro bravo y noble. Jugar con la suerte, que puede traer la muerte sin contemplaciones. Un desafío a la vida; una satisfacción por vivir la vida intensamente, como uno quiere, hasta que a uno le de gana dejar de quererla o sea quitada por el toro.

La esencia del toreo requiere dominio y poder, saber amoldar la embestida y el recorrido del toro, templar su acometida, su fuerza y velocidad. Es mandar con decisión, conocer los terrenos y las distancias adecuadas para mejorar el torero, es cruzarse ante la mirada y las astas del toro, es dar hondura al recorrido. El toreo es poesía, música, cante y baile, carencia, elegancia, gusto; es técnica depurada, conocimiento de las suertes y pases de capote y muleta. Es arte del bueno. “Duende” como se dice.
El secreto está en saber recoger al toro y llevarlo donde el no quiera ir; sin dejarse tocar los engaños, el capote y la muleta.

Es desviar su embestida, nunca esquivarla; es conocer las castas, las características de las diferentes ganaderías, fieros o mansos, agresivos o suaves, bravos y nobles. Es traer y llevar al toro al lugar que uno quiere para mejor interpretar el arte torero. "Es en ruedos de gloria, donde guarda el toreo toda su historia". En todo esto está encerrada la teoría del toreo.


Sin el toreo, no existiría la torería. Torería es mantener el tipo, frío. Cautivo, con garbo y compostura, sin eludirlo, afrontándolo, asumiendo el riesgo con el valor suficiente, el justo, ni más ni menos. Con inteligencia, la cabeza …..pensando fríamente lo que se está haciendo y lo que hay que hacer. Ni descuidos, ni respiros; no perder nunca la cara del toro; fijo de piernas y pies; clavado en la arena, ciñendose al toro, graciosamente en la cintura, enroscándoselo en la faja y moviéndose con airoso contoneo, de riñones encajados, de barbilla hundia.

Un torero ha de tener valor, inteligencia e intuición propia, su propia estetica a la hora de interpretar lo que entiende por torear...

Dos horas antes de que suenen los clarines y los timbales, el torero, en la soledad del hotel, acompañado de su mozo de espadas, comienza a vestirse, calzarse el vestido de torear.

Chaquetilla, como coraza engalanada para la lucha; taleguilla, de terciopelo y seda, ajustada a las firmes y musculosas piernas.

Diferentes tonos y colores, según el carácter del torero, si sobrio o alegre: grosella y oro, remates blancos o negros de azabache, azul mar, azul infinito,  rey y pavo, añil, turquesa, verde mar, verde manzana, verde botella, negro zahino, gris perla, tabaco, fucsia, pureza y plata, burdeos, rojo, nazareno y oro, nazareno y plata, corinto y negro azabache, malva, fresa y lirio, violeta, obispo, lila y celeste. Bordados de oro y plata, morillas de seda negra, alamares, lentejuelas, cintas y caireles.
Camisa bordada con chorreras, chaleco de oro, corbatín de terciopelo, medias rosas, zapatillas con cintas de seda, tocado de montera negra, y la coleta. Capote de paseo con bordados con flores de la vida. Voz serena, pocas palabras, las justas para preguntar lo imprescindible; garganta seca, dejándose hacer. La cabeza en el toro, pensando…

Encima de una mesa de la habitación una lámpara, que ilumina las imágenes de todas las vírgenes y cristos; Virgen de las Angustia,…ruegos, suplicas para pasar el miedo; promesas para el triunfo y también contra el fracaso, ruegos y peticiones que hacen los toreros, imposibles de que todas se cumplan; religiosidad supersticiosa; fe, sobre aquello que la razón no llega a entender, ni nunca lo entenderá;
En otras habitaciones del hotel, otros toreros se visten con el mismo ritual. Son los subalternos, banderilleros y picadores. También tienen miedos y angustias.

Van a jugar la vida sin posibilidad de grandes triunfos, unos aplausos y un reconocimiento por parte de los toreros y buenos aficionados. En sus penas, y recuerdos fueron toreros que no han triunfado, o hace tiempo que lo fueron, ahora solo les queda la afición por torear. Les ha faltado la suerte, la entrega, quizá el valor, les queda el sabor de haberlo intentado; en alguna ocasión, en alguna plaza de pueblo perdido, llegó el triunfo, poco valorado.

Una vez vestido el torero, tan solo le queda rezar, suplicar, todo lo que se pueda, al destino o a la suerte. No sabe que toros le han. Por la mañana, a las doce, en los corrales de la plaza, se ha estado enchiquerando a los toros; la autoridad, los veterinarios, los mozos de espada y aficionados, han comprobado que los seis toros  que se lidiarán por la tarde, están íntegros de pitones y fuerza; que están bien hechos; movilidad, vista, oído, alerta a la llamada del mayoral, con quién ha convivido los últimos cuatro años en la dehesa.

Se han hecho tres lotes con los seis toros. Se busca la uniformidad en la presentación. Alto de agujas, descarado de cara, buen mozo, largo, corniveleto y abierto, cornalón playero, pies ligeros, cárdeno de pelo, negro zaino, lucero en la frente, ojo de perdiz, bocinero, calcetero o botinero, chorreado, colorado, piel de melocotón, ensabanado, salpicado, berrendo en negro, capirote o albardado….

Los cabestros, toros grandes, que no han podido llegar a ser toros de lidia, disfrutan de la tranquilidad de los corrales, cumplen su función, apartando los toros unos de otros y enchiquerándolos.
Desde su nacimiento, el becerro, hace ya cuatro o cinco primaveras, nunca se ha encontrado tan solo. Hace unos años, ya sufrió la separación de su madre, durante el destete. Becerro alegre y saltarín, en quién el mayoral tenía puestas sus esperanzas, de ser premiado con la vuelta al ruedo tras su muerte, ser toreado en feria de postín, de plaza importante, por una figura del torero, ha estado siempre acompañado por sus hermanos de manada, nunca solo, disfrutando de la primavera de la campiña, corriendo entre las jaras, soportando los fríos inviernos, defendiéndose y haciéndose respetado, fortaleciéndose ante los toros mas osados, haciéndose sitio entre los mejores. Ahora, en la oscuridad del chiquero, esperando el toque del clarín para salir al ruedo, no entiende lo que está pasando. Nervioso, solo y encerrado en cuatro paredes de piedra; ya no puede correr, ni oler el frescor del agua al atardecer.


A las cinco de la tarde, todo está preparado para que de comienzo la corrida. La autoridad ordena el despeje de la plaza, suenan los clarines y timbales, a los alguacilillos, vestidos de negro, con sombrero de penachos rojo y gualda, montados en briosos caballos, recorren el redondel. Se abre el portón de las cuadrillas, las notas del pasodoble se dejan oír, aplausos, dan paso a una ovación dirigida a los tres toreros que componen el cartel y que esta tarde, forman la terna que estoqueará a "seis toros, seis", de una famosa ganadería.

Avanzan lentamente, con ritmo candencioso, enrrollados en el capote de seda, que reluce bajo el sol de la tarde brillante. Los matadores, los banderilleros y picadores, los monosabios, areneros y las mulillas de arrastre, componen el ceremonial rigurosamente ordenado del paseíllo. Saludan a la presidencia.

La plaza convertida en parlamento, en el que la voluntad de los presentes se va a hacer cumplir, con fuerza de ley popular. Todo lo que ocurra esta tarde, va a estar ordenado, los abucheos del público, indicarán el disgusto sobre lo que está ocurriendo. Los aplausos, las ovaciones y olés, serán el único premio que los toreros van a recibir. Los pañuelos blancos ondeados en los tendidos, indicarán la voluntad del respetable para que el presidente, una vez contados aquellos, ordene se corten las orejas del astado, que el torero paseará en olor a multitud por la arena. Si no ha habido suerte, los pitos y la bronca, serán suficiente castigo, para el torero y para cualquiera de los ceremoniantes que se salga de la ortodoxia taurina.


Los toreros saludan respetuosamente, desmonterándose. Cambian la seda por el percal que despliegan, se abren de capote, convirtiendo el capote de brega en alas de mariposa de vivos colores, que se mecen al viento suave de la tarde. En el callejón, los ayudantes, entregan los capotes de paseo a espectadores de postín, que desde la barrera observan con rigor todos los preparativos.

El torero, con mirada fugaz, mira al lugar convenido, encontrándose con los ojos negros de la bella mujer, con un clavel rojo en el pelo, que le trae el corazón por la calle de la amargura. Ella, con una sonrisa descarada, le transmite su deseo. Pero no son momentos para que la cabeza desvaríe; es el momento de la verdad y la cabeza, el corazón y los cinco sentidos han de estar entregados al toro, a sacar el sentimiento de su interior.


Los capotes desplegados, se pasean rozando el albero, arena amarilla, que pronto se verá mezclada con rojo de sangre. Todo se está realizando en silencio y lentamente. No hay ninguna prisa; la prisa, se dice, es atributo de raterillos y de malos toreros. Pero en la plaza, en esta tarde de abril, solo hay buenos toreros y gente honrada que va a entregarse al sacrificio voluntariamente.


El ruedo está despejado. Los alguacilillos han entregado las llaves de los chiqueros al torilero, encargado de abrir el portón de los sustos. En el burladero, el torero, mordiendo la esclavina del capote de color vivo rosáceo, no quiere mirar la puerta oscura, por donde va a salir el toro.Son los últimos instantes para la reflexión, ya no hay tiempo.

Suena "una nota de clarín, que desgarra, penetrante y rompe el aire con vibrante puñalada". Se abre el portón de los sustos y al instante, aparece un toro negro, imponente, la cabeza encampanada, mirando de un lado a otro, deslumbrado por el sol; los músculos tensos, acudiendo velozmente hacia las llamadas de los toreros, que desde los diferentes burladeros le citan. El público premia con una ovación la presencia del toro en la arena. Está bien hecho, seiscientos kilos de poder "peor para las mulillas", pelo lustroso, ágil y fuerte, pitones astifinos, como alfileres, color caramelo.

El torero se decide a salir con el capote desplegado y le cita. El toro se viene a él, con una rapidez de pies de vértigo. El torero le muestra el capote, al que embiste claramente; mete la cabeza con fijeza, con la pretensión de prender el capote, sin resultado; el capote, siguiendo el ritmo que le imprimen los brazos y la cintura torera, se mueve consumando una bella y profunda "verónica"; sigue otra de la misma hechura, bien ejecutada, adelantando el capote, la pierna adelantada también, corriendo las manos bajas, evitando que el toro roce ni siquiera el capote. El torero gana terreno al toro y se va a los medios, el toro  se deja torear a ritmo lento y armonioso.

Cierra la tanda con una graciosa "media verónica belmontina.

El toro está recogido, hasta ahora ha sido sometido, pero queda mucho todavía por hacer. De momento, los primeros miedos se han tragado, el corazón ha bombeado suficiente sangre como para tranquilizar los primeros ánimos.


La siguiente operación, es una de las más delicadas que se dan en la fiesta. Se va a probar la fiereza del toro ante el caballo del picador.


El picador, tocado con el castoreño y con la pica en ristre, vara de medir, cabalga un percherón, también torero. Va a picar al toro. Se va a aprobar su bravura; si a mayor castigo, el toro acomete más, el resultado es que el toro es bravo; o si por el contrario huye despavorido por el dolor, el resultado es que el toro es manso.


Aparece la primera sangre. Fluye brillante, desde el morrillo a la arena, corriendo por la pata izquierda. En la cabeza del toro, solo el afán de embestir. Le han criado y seleccionado para eso; defenderse ante la agresión incomprensible, la sangre brava que se está derramando ahora, es el símbolo de su especie; bravura para defenderse, instinto de supervivencia, dolor contenido. La herencia brava no le permite retroceder; embestir por derecho y empujar con fuerza, corneando el peto del percherón  del caballo torero.


La bravura del toro, antes de nacer, se ha medido y probado en el tentadero. La vaca seleccionada por su buena nota será madre. Si por el contrario, no ha demostrado su bravura, su destino será el de morir en la soledad de un frío matadero. La bravura, el comportamiento, la nobleza en la acometida, la casta, la transmite la sangre de la hembra; el trapio, la buena presencia, el lustre del pelo, la cornamenta, se transmite por la sangre del padre, semental, que ha demostrado tener la esencia de la sangre pura. Toro indultado por su bravura, que ahora, como señor de la dehesa, pasea…


Vuelven a sonar los clarines, indicando el cambio de tercio. La corrida está dividida en tres partes: la suerte de varas, banderillas y muerte. Los terrenos de la plaza también están divididos en tercios: las tablas, el tercio y los medios. Todo lo que se hace en cada una de estas partes de la lidia, se hace para medir las reacciones del toro.

 El primer tercio es la suerte de varas, picar para conocer la bravura del toro. El segundo tercio, el de banderillas, se realiza para conocer la reacción del toro, su capacidad de persecución y dirección en la embestida. El tercio de banderillas, lo ejecutan los subalternos, los toreros de plata que ayudan al matador en los preparativos. Los palitroques, banderillas,  los railetes, garapullos, los palos, de todas las formas se llaman, son clavados por pares: el torero dejándose ver, a cuerpo limpio, esperando que el toro inicie la carrera, de poder a poder, cuarteando la embestida, llegando a la cara, cuadrándose, asomándose al balcón de los pitones, levantando los brazos clavando en lo alto y saliendo despacio del encuentro.


Todo lo que hasta ahora se está haciendo en el ruedo, se hace siguiendo una norma establecida; todo tiene sentido. Todo se hace teniendo en cuenta el comportamiento del toro. Se ha observado si el toro es bravo; si tiene la querencia de huir, de saltar las tablas; si embiste por derecho, o por el contrario se acuesta de uno u otro pitón; si acude pronto al engaño. Es necesario que el torero conozca perfectamente cual es el comportamiento del toro; de ese comportamiento, saldrá una u otra faena; si se ha de hacer en uno u otro terrero, si el pase tiene que ser por alto o por bajo, por uno u otro pitón, dándole más espacio o toreando en corto.


Todo el conocimiento es fundamental para cuajar una buena faena. La faena soñada; la faena de ensueño.


Para sacar al toro del caballo, llevarlo de uno a otro lado, cambiarlo de terrenos, ponerlo en el sitio, el torero hace los quites lanceando por "verónicas", "chicuelinas", "tapatías", galleando por "navarras", "delantales", "gaoneras" y "faroles", rematando las series con "media verónica", "larga cordobesa", "revoleras" y "serpentinas".


El matador en el burladero, coge los tratos de matar. La muleta y la espada. Estoque de acero templado, que si se maneja con soltura y decisión, será la culminación de la faena del matador. Se enjuaga la boca en vaso de plata, la boca reseca por la polvareda de la arena y por el miedo contenido. Los trastos en la izquierda; la montera en la derecha. Se dirige pausadamente hacia la presidencia; va a solicitar la venia para matar. Llega a su altura; con un gesto de montera pide el permiso, que respetuosamente se le otorga. Mira hacia el toro, que está siendo sujetado por otros toreros en el terrero elegido para torear. Con el mismo paso lento, se dirige hacia la barrera en la que antes, con mirada furtiva, había visto a la mujer de los ojos negros; le brinda la muerte del toro, con un: <<va por usted>>; la respuesta emocionada: <<suerte torero, estaré esperándole>>. Qué deseo, esperanza y pasión encierran estas palabras. Va "por usted", la muerte del toro y aún la propia, todo por demostrar: hombría, valentía y entrega torera; la misma entrega y pasión que habrá en el encuentro de la espera.


Solos en el redondel, el toro y el torero, frente a frente, los dos solos ante el destino; ante el peligro representado en los cuernos del toro negro.

El torero al filo de las tablas, arma la muleta y cita de largo al toro; el toro se viene hacia el torero velozmente; la muleta flamea, manejada con maestría por el brazo derecho; el torero ha recogido la embestida y la ha vaciado por bajo, con la rodilla izquierda adelantada y flexionada; el toro se revuelve y embiste de nuevo.
Ahora el torero le ha puesto por delante la muleta; cuando el toro ha llegado a su jurisdicción, el torero prende los pitones en la muleta, con hilos imaginados y suavemente, sin aliviarse, tirando de él acompasadamente, cargando la suerte, templando la embestida, con pase largo, corriendo la mano, ejecuta un poderoso y bello pase, que repite una y otra vez. Para finalizar un pase de pecho, pasándose el toro desde la cadera derecha, a la hombrera izquierda de la chaquetilla.


Instantes de respiro, para el toro y el torero, que ha puesto el corazón en la muleta y los olés en el tendido.


Ahora, dejándose ver, dándole la distancia adecuada, de lejos, le cita de frente con la mano izquierda. Avanza dos pasos, cruzándose ante los pitones; el toro se viene; se encuentra la muleta planchada delante, que sigue noblemente; el torero sin tirones, abierto de compás, mandando, en profundidad, largo y cadencioso, instrumenta unos poderosos naturales; una y otra vez; en los medios; en la boca de riego. Ahora en los tendidos, no solo hay olés, hay también gritos de alegría, frases entrecortadas por la pasión.

Se está produciendo, lo imaginado tantas y tantas veces; el encuentro entre el toro y el torero, la belleza estética del baile torero.

 El torero por bajo, con una "trincherilla", remata la serie de pases primorosos. Es la locura; otras series de "naturales", "molinetes", "faroles", "giraldillas",  "ayudados por alto", "manoletinas", "estatuarios" mirando al tendido, remates con el "pase de la firma", desplantes toreros, adornos que acarician al toro con un fino abaniqueo, que demuestran quién es el que manda en la plaza. El torero, arrogante, se está comportando como lo hacen los buenos toreros, con estilo, conocimiento, arte y valor.


El toro, de buena casta, también está embistiendo con nobleza y bravura, por derecho, con el peligro intacto; el peligro del toro integro y lo estará hasta que, arrastrado por las mulillas, aplaudido en el arrastre, premiado con la vuelta al ruedo, abandone, para siempre, el coso engalanado.


Ha llegado la hora de la verdad. El torero se perfila ante la cara del toro. Es la única vez en toda la tarde que, para poder meter el estoque en su sitio, ha de perder de vista los pitones como puñales. Es el momento cumbre, sin una buena estocada, buena ejecución y una muerte rápida, no habrá triunfo. El torero perfilado; la mano izquierda con la muleta adelantada; el estoque fuertemente empuñado, a la altura del corazón.

No mata la espada, mata el corazón entregado. La hora de la verdad un "volapié" en tres tiempos: la muleta a la pezuña izquierda, para que el toro humille; el estoque dirigido hacia el morrillo, en todo lo alto, haciendo la cruz; la salida por el costado, vaciando la embestida del toro herido de muerte que le persigue, porque sabe que le matado; el acero en el hoyo de las agujas, como a tantos y tantos toros, por la conservación de la especie, por la tradición ancestral y por el gusto de jugarse la vida.


Hoy ha sido un día de gloria, el torero ha estado como tenía que estar, en torero, con gusto, sin descomponer la figura, dándolo todo, con duende. Se ha destapado el tarro de las esencias toreras. No siempre es así. En otras ocasiones, el miedo se apodera de la razón e impide que las piernas se mantengan firmes; el corazón no resiste las tarascadas de las embestidas del toro.

Con esa ventaja ofrecida al toro, los pitones asestan una cornada certera, en el peor de los sitios, desgarrando la carne. El dolor, la sangre, el olor a hule de la enfermería lo envuelve todo. El grito de angustia se deja oír en los tendidos, la cornada, que también se ha soñado, llega en el peor de los momentos. El torero se revuelve ante las asistencias de la plaza, pero es imposible zafarse. Las fuerzas se le van por la sangre derramada. Es una forma de gloria, pero no es la mejor forma. Es la prueba de fuego, el bautismo de sangre. A partir de la cornada, todo va a ser distinto. Si el corazón se sobrepone al dolor y a la llamada de la muerte, la cabeza renacerá dispuesta a enfrentarse otra vez con un toro de la misma ganadería, en la misma plaza en los mismos terrenos, y si es posible, dando el mismo pase. El reto torero, la prueba que esta vez le llevarán a la gloria del éxito.


La espada en todo lo alto, hasta las cintas, hasta la bola; la empuñadura enterrada en los rubios, el toro ha doblado las manos y espera el descabello. La plaza puesta boca a bajo, aclama, con los pañuelos en la mano, como palomas mensajeras, pide los máximos trofeos para el torero. El triunfo se repite una tarde más, el torero, en olor a multitud, pasea despacio las orejas del astado como premio material. El premio inmaterial lo está recibiendo en aplausos y vítores de "torero" "torero" "torero", máxima expresión; expresión que encierra el secreto de la tauromaquia; la fiesta de los toros.

Salida a hombros por la puerta grande de la plaza, como culminación del encuentro, ahora ya de vida y gloria. Historia que se repite y se repetirá; esperanzas puestas ya en otras plazas, en otros toros que esperan su destino; en otros momentos de la vida, vida de amor, deseo, pasión y entrega, pero siempre de la misma forma, con estilo, conocimiento, arte y valor, con torería, como lo hacen los buenos toreros.








EL INDULTO


El otro día eché un día de esos que merecen la pena. Mis amigos tenían ganas de ir a una ganadería donde hacía un día de primavera precioso. Las conversaciones, os podéis imaginar, fueron toros, toros y más toros. Y entre las anécdotas contadas, una que me puso los pelos de punta. Me la relató un amigo, que días después de ser indultado "Campanero", en Granada, allá por 1994, fue a la finca a hacerle un reportaje. El se emocionó cuando se la contaron, y a mí, me sucedió igual.

El ajetreo tras el indulto de "Campanero" fue tremendo. Al toro le hicieron una cura de urgencia, y enseguida el camión desandó el camino hasta la finca. Acompañando al héroe, el mayoral de la ganadería. El animal se descargó cuando el sol todavía no había empezado a salir en el horizonte, allí lo esperaba el veterinario y todo el personal de la finca. Y, cuando "Campanero" fue metido en el cajón de curas para sanear las heridas, todos echaron en falta al mayoral, que se alejaba a caballo con las primeras claras del día, camino de la zona más tupida e inaccesible de la finca, aquella donde estaban las vacas de vientre.


Cuando volvió le preguntaron dónde había estado, y contestó "Buscando a "Niebla", y cuando la he visto le he dicho: Vengo a decirte que he traido un hijo tuyo, vivo". Y la gente que había allí volvió a preguntarle qué había pasado, y el mayoral les dijo "Que "Niebla" me miró... y me entendió".


Así, tan sencillo y tan grandioso, tanto que lo estoy escribiendo y los pelos se me han vuelto a poner como escarpias cuando imagino a ese hombre de campo, curtido en mil batallas, buscando a esa vaca una alboreá del mes de junio para decirle que su hijo había conseguido el mayor honor que puede lograr un toro bravo. ...."LA VIDA"


Foto: Archivo